viernes, 2 de noviembre de 2018

Afán de dinero versus limosna


Vivimos en un mundo con un ritmo tan acelerado que se adelanta a los acontecimientos de la vida, que compite por alcanzar el éxito (o lo que esa palabra significa para muchos) en el futuro más cercano que se pueda. Pasamos por encima de nuestro bienestar, de nuestra salud física y emocional y no nos importa. Llegamos a la vejez llenos de dinero en la cuenta bancaria, hartos de lujos y objetos estorbosos e inútiles y con la vida hecha pedazos por alcanzar una felicidad que no la encontraremos en ninguna cosa o persona de este mundo.

Cuántos sentimientos de ansiedad, cargas psíquicas, conflictos internos, divisiones familiares y preocupaciones inservibles quedarían reducidas a poca cosa si sólo nos hiciéramos conscientes de que el dinero no nos hace felices y que el afán por conseguirlo a todo costo es el origen de todos los males humanos (Cfr. 1Tm 6, 10).

En el espectro opuesto está la caridad, manifestada a través de la limosna, que cubre multitud de pecados (Cfr. 1 Pe 4, 8), es el antídoto contra el materialismo y aporta más beneficios a quien la da que a quien la recibe. Por eso, si alguno se acerca a nosotros a pedirnos una mano de ayuda, podemos tener la certeza de que es Dios mismo quien recibe la ofrenda y la recompensa será infinita, con abundancia en esta tierra y con vida eterna en el mundo venidero.

Hay quienes viven en condiciones deplorables, sus derechos básicos han sido violentados, la pobreza extrema les corroe el cuerpo y el espíritu. No podemos simplemente quedarnos callados ni inmóviles ante la tragedia de tantos hijos de Dios que han sido despojados hasta de su dignidad. Somos injustos si permanecemos impávidos frente a la miseria de nuestro prójimo.

"... Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me recibieron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a mí... En verdad les digo que cuando lo hicieron a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí me lo hicieron." (Cfr. Mt 25, 35-39).


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