San Bernardo, abad, en uno de sus sermones habla acerca de las tres venidas de Cristo, la primera: en el portal de Belén, la tercera: al final de los tiempos; y la segunda: la actual, aquella que se hace presente a cada instante en su Iglesia peregrina en este mundo.
Cristo ya viene y lo inminente de su venida tiene que ver con la muerte del cristiano. Cuando ésta nos visite, contemplaremos el rostro de Dios y Él le pagará a cada uno según sus obras y conforme a Su infinita misericordia. Por eso, la muerte para el cristiano no es sinónimo de dolor, ni frustración; es más bien gozo porque se manifiesta como el paso que nos permite el encuentro total con Cristo, quien nos ha liberado del pecado y de la muerte eterna y nos ha dado una dignidad, haciéndonos hijos de Dios Padre.
En el tiempo de Adviento que se avecina es eso lo que conmemoraremos, que el Señor viene a cada uno, en el Pan de la Eucaristía y en todos los acontecimientos de nuestra historia, y un día nos llamará a su encuentro definitivo. Puede ser hoy, puede ser dentro unas semanas, unos meses, años o muchas décadas. Pero su venida es segura, pues Él es el dueño de nuestra vida y somos sólo pasajeros en este mundo fugaz.
Por tal motivo, nuestra actitud frente a la muerte debe ser la de San Francisco, quien la bendecía llamándola "hermana Muerte":
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.
Pidamos a Dios por una santa muerte, para ir al cielo, en donde habrá no habrá llanto ni fatigas ni dolor, porque el Señor enjugará toda lágrima de nuestros ojos.



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