miércoles, 7 de noviembre de 2018

La felicidad no depende de nadie ni nada fuera de ti




Quisiera compartir en la entrada de hoy un extracto del libro La Felicidad es una Tarea Interior, autoría del sacerdote jesuita John Powell, que nos habla de nuestro afán de felicidad y de cómo lo satisfacemos de manera errada. Lo dejo a continuación:

A pesar de la desilusión que hemos experimentado con lo exterior, nunca miramos en nuestro interior para encontrar lo que buscamos. Tal vez tenía razón Dag Hammarskjöld cuando dijo que somos grandes exploradores del espacio exterior, pero muy poco hábiles explorando el espacio interior. Quizá nos haya ofuscado el maremoto de publicidad que nos inunda y nos asegura que seremos felices si compramos y usamos determinados productos: tendremos buen aspecto, daremos buena impresión, oleremos bien...; en suma, conduciremos por las autopistas de la vida con una feliz e imprudente despreocupación. Estos reclamos publicitarios quieren hacemos creer que la felicidad no es más que una multiplicación de placeres.
De modo que nos hemos endeudado consumiendo todos los productos portadores de felicidad. Y, sin embargo, continuamos «llevando vidas de silenciosa desesperación». No hemos sido capaces de sacar partido a las estimulantes promesas de felicidad. Hay un chiste sobre una joven vendedora de perfumes a cuya espalda había un gran anuncio que decía: «¡ESTE PERFUME LE GARANTIZA QUE USTED CONSEGUIRÁ UN HOMBRE!» Una solterona se acercó al mostrador y preguntó con cautela a la dependienta: «¿Está realmente garantizado que se consigue un hombre?» y la joven respondió: «Si estuviera realmente garantizado, ¿cree usted que yo pasaría aquí ocho horas al día vendiendo este perfume?» 
¿No será, sencillamente, que en materia de felicidad «antes se llena el papo que el ojo»?; ¿se trata de un simple caso de expectativas no realistas? No creo que sea tan sencillo. Lo que ocurre, en mi opinión, es que buscamos la felicidad en lugares equivocados. Ciframos nuestras esperanzas en otras personas y en objetos que, sencillamente, no pueden satisfacerlas. Yo tengo en el espejo, encima del lavabo, un mensaje para recordarme a mí mismo lo siguiente: «Estás viendo el rostro de la persona responsable de tu felicidad». Y cada día estoy más convencido de que así es.

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