Comparto, para continuar con la reflexión del post anterior, otro extracto del libro La felicidad es una tarea interior del jesuita John Powell:
Una de las razones por la que muchos de nosotros confundimos las fuentes de la felicidad son los denominados mensajes parentales, que son los mensajes de quienes han influido en nuestra infancia. Llegamos a este mundo buscando respuestas, y las respuestas que obtuvimos durante los primeros años de nuestra vida se grabaron de manera indeleble en nuestras memorias. Y ahora, durante todo el día e incluso mientras dormimos, esos «mensajes parentales» resuenan en nuestro interior.
Una de las preguntas que el corazón humano está haciéndose constantemente es la siguiente: «¿Qué me hará feliz?» La mayoría de las respuestas que recibimos cuando éramos niños no eran verbales, sino que nos las transmitían mediante actos, porque aprendemos viendo, no a través de las palabras. Es probable que hayamos observado a nuestros padres preocupados, y así aprendimos a preocupamos; puede que les hayamos oído discutir acerca del dinero, y de ese modo llegáramos a la conclusión de que el dinero es esencial para la felicidad; pudimos haber notado en sus palabras, en su lenguaje corporal y en sus expresiones faciales una dependencia excesiva de los demás, de modo que extrajimos la conclusión de que los otros pueden hacemos felices; cabe la posibilidad de que escucháramos acusaciones como «Me estás volviendo loco», y, por lo tanto, concluyéramos que los demás pueden también volvemos locos a nosotros; que, en apariencia, pueden hacemos felices o infelices, enloquecemos o alegramos, hacer nos sentir seguros o asustados. También es posible que hayamos interiorizado el viejo tópico: «Si tienes salud, lo tienes todo». En otro tiempo, me consideraba un pensador independiente; pero, a medida que voy envejeciendo, voy siendo más consciente de la importancia que tienen en mí y en mi vida esos «mensajes parentales», y tengo que analizarla y revisarla constantemente.
Uno de los mensajes que resuenan de modo continuo en la mayoría de nosotros es el de la «comparación». Desde el momento en que nos presentaron en público, nos han comparado con otros. «Se parece a su padre»; «Se parece a su madre»... Los aspectos que se comparan habitualmente son:
- la apariencia física;
- la inteligencia;
- el comportamiento;
- y los éxitos.
Por supuesto, siempre había otros más guapos, más inteligentes, mejor educados y que tenían más éxito; y puede que nuestros padres y profesores nos los hayan puesto como ejemplo: «¿Por qué no puedes ser así?»; «¿Por qué no lo haces tan bien como tu hermano?»; «Si te peinas el flequillo hacia abajo, la gente no se dará cuenta de lo ancha que es tu frente. Estarás más presentable».... De este modo, a la mayoría se nos ha enseñado a compararnos con los demás. Y todos los especialistas coinciden en que la comparación significa la muerte de la verdadera autosatisfacción.
La trampa de la «competitividad» es ligeramente distinta. Dentro y fuera del colegio nos han enfrentado a los demás y, por supuesto, a ellos contra nosotros. Competíamos por calificaciones académicas, por premios deportivos, por popularidad, por pertenecer a «grupos»... Pero, por desgracia, el resultado de esas tempranas luchas y competiciones ha dejado en la mayoría cicatrices para toda la vida. Y, pese a ello, muchos seguimos compitiendo; lo único que cambia posteriormente en la vida son los símbolos del status. Todavía se nos hace la boca agua ante los signos y sonidos de la gloria. En nuestro interior, la verde cabeza de la envidia gime: «Si yo tuviera ese aspecto...»; «Si a mí se me ocurrieran todas esas cosas tan inteligentes.. .»; «Si tuviera una finca como esa. ..»; «Si ganara todo ese dinero...» Pero ni siquiera nos aproximamos; y, en todo caso, la cercanía sólo cuenta en algunos juegos. En la competición, todo el mundo pierde.



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