He estado reflexionando acerca de la muerte, la realidad más patente y segura que tenemos como seres humanos pero, contrariamente, aquella de la cual más rehuimos y en la que menos solemos pensar.
Los tópicos que tocan transversalmente al problema de la muerte son innumerables, por lo que analizarlos todos constituiría una obra titánica. Mi interés en estas líneas es lograr un acercamiento a los que, a mi parecer, tienen que ver con la cuestión más existencial de ésta, haciendo énfasis en la perspectiva que ha iluminado mi entendimiento como creyente, pero sin desconocer aquellas más universales que atañen al ser humano de todo tiempo, lugar y/o creencia.
Todo hombre en cada cultura ha tenido que encargarse en carne propia del problema de la muerte tarde o temprano: un familiar que fallece, tal vez un amigo y, por supuesto, la propia muerte. Este afrontamiento está atravesado por ritos religiosos, procesos de duelo, explicaciones cósmicas, justificaciones míticas, diversas confrontaciones con la vida presente, consecuencias legales, políticas, económicas y familiares, etcétera.
Desde la perspectiva cristiana, la muerte no es más que un paso, o mejor, el paso más importante para acceder a una vida nueva, a una vida eterna. Y es que Dios nos ha creado para la inmortalidad, por tanto, la muerte, que es sólo una muerte a la vida terrena y transitoria, constituye en realidad una liberación.
Para entender lo anterior, no se puede entrar en la posición dualista en la que el cuerpo muere y el alma permanece, como si el hombre estuviese dividido en "porciones", llegando a veces a entenderse de manera simplista y errada que algunas de esas porciones o partes son "malas" (las pertenecen al cuerpo) y otras son "buenas" (las pertenecientes al alma). De hecho, hoy ya nadie niega que el hombre en cuanto tal es una unidad psicosomática, es persona, con múltiples dimensiones, sí, pero al fin persona; sin embargo, no se puede tampoco perder de vista que el cuerpo se origina en un acto de procreación propio del engendramiento y relativo a la genética de nuestra naturaleza animal y, por otra parte, el alma (psiqué, espíritu, mente, facultades internas, volición, inspiración, conciencia...) constituyen la más pura e inherente condición por la que somos verdaderamente humanos y que nos hace diferentes al resto de los animales, pero que ésta viene creada directamente por Dios en el momento de la concepción. Todos estos elementos se compenetran, se influencian unos a otros, incluso dependen unos de otros para la subsistencia de la única entidad llamada hombre. La muerte llega a irrumpir temporalmente esa unidad pero la persona no es destruida en su esencia y, de hecho, volverá a constituirse con sus dimensiones corporales completas el día del Juicio Final cuando los muertos resucitarán. Según el Catecismo de la Iglesia Católica el concepto de "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" volverán a tener vida.
Pero, ¿de dónde viene ese poder, esa capacidad de resurgir de la muerte, después de que nuestros cuerpos se hayan hecho polvo volviéndose indistinguibles de la misma tierra en la que fueron sepultados? Tal facultad existe porque la muerte ha perdido el poder que ostentaba sobre la humanidad el día en que Cristo de una vez y para siempre se lo arrebató con su Resurrección, es decir, resucitaremos porque Cristo resucitó, tenemos vida eterna porque Cristo ha abierto el portal de la vida infinita para todos los que a ella quieran acceder. Y es que la resurrección de Cristo es tan importante que constituye el evento fundante de la fe cristiana; es, en pocas palabras, la buena noticia de la salvación humana.
Tiene tal poder este acceso a la vida eterna que abarca también los aspectos de la vida humana terrenal: no sólo la vida eterna la podremos disfrutar después de nuestra muerte, sino que la podemos experimentar desde hoy y aquí, en nuestra historia personal, en nuestra cotidianidad. Dios nos creó para la felicidad, pero no solamente la del cielo sino también la de la tierra. Por eso, ya no se ve el cuerpo como "lo malo" del hombre, sino que éste se convierte en uno de los instrumentos que nos permiten acceder al don gratuito de la eternidad, aún en la vida terrena, pues el Reino de los Cielos está ya en medio de nosotros.
El hombre ansía perdurar y este deseo se revela de diversas maneras: el instinto de supervivencia, la voluntad de superar las enfermedades, el deseo de una descendencia, la elaboración de proyectos futuros, el empeño en ser reconocido y de no ser olvidado, pero los bienes que se obtienen a partir de ese deseo de perpetuidad no perduran, son como las olas del mar, van y vienen y no se puede evitar su final desaparición. La buena noticia de Cristo nos trae otros bienes, unos eternos, que no desaparecen, que ni las arenas del tiempo los pueden extinguir, esos tales son la glorificación de nuestro ser, la felicidad infinita, la presencia de Dios en todo y en todos, la plenitud final.



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