Desde niño, vi en mi enciclopedia favorita la foto de la escultura de la loba que amamantó a Rómulo y remo, fundadores de Roma, y el busto de Medusa. Mi imaginación se recreaba con tales imágenes. Jamás creí poder verlas frente a mí un día y Dios me dio ese regalo, ese muy lícito y deseable placer terrenal.
Son esos pequeños placeres que Dios nos da, los que hacen la existencia más llevadera en un mundo en que la vida a veces se torna angustiosa y abrumadora: la charla con un amigo al que hace mucho tiempo no saludaba, la compañía de una esposa y verla despertar a mi lado, una muestra de afecto de un compañero de trabajo, sentir en mi cara la brisa del mar inmenso cuyo tamaño no alcanzan a abarcar mis ojos.
Gracias, Omnipotente Altísimo, por tus creaturas y por la belleza, inteligencia, bien y verdad que has puesto en ellas. Que su contemplación nos lleve hasta ti, que eres el Sumo Bien, la Belleza Infinita, la Fuente de la Sabiduría, la Verdad Inconmensurable.



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