Como un huracán destruye todo a su paso, así derrumba Él las puertas del Hades y le abre a Adán y a su descendencia las puertas del Cielo, el Cielo eterno que desde esa Noche Santa comenzó a existir: la bienaventuranza perpetua, la inmortalidad humana, la Vida para siempre, sin luto, sin llanto, sin dolor ni necesidades, sin fatigas ni pesares.
En la cruz fue vencida la muerte y las huestes infernales tiemblan y braman ante el poder del Único y Verdadero Pantocrátor, El diablo se sabe perdido, creyó vencer a Cristo con la humillación, pero su propia arma se volvió contra él y ya no tiene dominio ni él ni la pérfida muerte sobre nosotros. Cristo ha roto de una vez y para siempre las cadenas del mal.
¡ALEGRÍA, ALEGRÍA! ¡ALELUYA, ALELUYA!
Dios nuestro, ¡qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!
¡RESUCITÓ!
Dejó la tumba vacía, dejó a la muerte vencida. Y a los que creemos en Él, la tumba nunca nos detendrá, seremos levantados con poder.
¡NO TENEMOS YA MIEDO! Él es la vida que tanto anhelamos; en su Nombre Santo está el sentido de la existencia por el que tanto nos fatigamos buscando. No hay más respuesta que su nombre: Jesús.
Nos ha dado vida y vida en abundancia y nuestros cuerpos resucitarán también el el último día.



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