sábado, 27 de octubre de 2018

Ayer discutí con alguien que se hace llamar "ateo"


Surgió de manera inesperada y espontánea un debate, debido al artículo que publiqué en una revista de mi localidad. Añado aquí el link que redirige al artículo para quien desee leerlo:

https://1drv.ms/b/s!AmESso6kweyPh3zj-Y2qkKJpYiTo

Fui cuestionado por dos colegas sobre los desaciertos, pecados y errores de la Iglesia, en el pasado y el presente. Uno de ellos, acérrimo ateo, según mi opinión más bien antirreligioso (que no es lo mismo), tomó las riendas del debate y atacó mi fe por todos los flancos. Incluso con expresiones lingüísticas que, a mi parecer, no estaban a la altura de un debate filosófico serio, me expresó cuánto resentimiento siente por la Iglesia, las expresiones religiosas o todo lo que se salga del plano materialista. Salieron a flote los típicos ataques sobre la Inquisición, las riquezas del Vaticano, la supuesta poca importancia que se le da a la mujer en la vida eclesial, incluso habló de un ocultamiento del rol fundamental de María Magdalena que los más avezados en estos temas identificarán como una sutil pero eficaz referencia a un presunto romance de Jesús con ella... en fin, un sinnúmero de acusaciones a las que puse todo mi empeño en refutar dentro del mismo ejercicio filosófico del debate. Fueron tantos tópicos entremezclados, tantas falacias de Hombre de Paja de las que fui víctima (ridiculizó y jugó con la semántica de mis palabras) que podría decirse que mis esfuerzos fueron vanos.

Hubo un momento en la discusión en el que simplemente no pude evitar sufrir emocionalmente sus palabras: "La Iglesia Católica es lo peor que le ha sucedido a este mundo". Esgrimí mil argumentos, pero muy conmocionado le expresé: "Si alguien llega a lanzar improperios a su madre, estoy seguro de que Usted la defenderá, fuesen o no corroborables los motivos de tales insultos. Pues bien, la Iglesia es mi madre, de una manera que tal vez Usted no puede comprender ni espero que lo haga, pero por el amor que Usted sabe que se tiene a una madre yo le exijo que la respete. Quien ofende a mi madre, a mí me ofende". Lo que siguió fue una nueva caricaturización de mis palabras y una burla directa.

Horas después de los eventos que describo, no dejaba de cuestionarme a mí mismo la apología que hice de mi fe: si tal vez fui poco arriesgado, si callé cuando no debía, si hablé cuando era preciso callar, si me fui maniatado por mi propia dialéctica, si me dejé llevar por la emoción que me provocó sentirme herido al ver que en mi propia cara, mi amada iglesia estaba siendo vituperada impunemente.


Aún ahora, escribiendo estas líneas, clamo al Señor pensando en que quizá debí haber sido más audaz, o tal vez no puse "toda la carne en el asador" y no lo defendí como un buen soldado defiende su patria y honor. Me pregunto si este desconsuelo se debe realmente a mi celo por defender la Verdad o si, sencillamente, la aflicción que me atenaza nace de un orgullo herido por no poder probar que tengo la razón.

En medio de este desasosiego del intelecto y del alma, llegan a mí unas palabras consoladoras: "Bienaventurados cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de mí... alégrense, porque su recompensa será grande en los cielos" (Cfr. Mt 5, 11 - 12).

Después de todo, ¿qué importa que no me den la razón, que me rechacen por ser seguidor de Cristo? La Vida Eterna me ha sido prometida y la confianza en esa promesa nadie me la puede robar. Por otro lado, si Cristo fue apresado, insultado, torturado, asesinado, ¿pretendo yo, réprobo y pecador, recibir palmaditas en la espalda por lanzar al aire mil argumentos filosóficos frutos de una sabiduría pasajera y limitada? Si sufrimos por hacer el bien y lo soportamos, esto es cosa agradable delante de Dios (Cfr. 1 Pe 2, 20).

VINCE IN BONO MALUM

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