He estado enfermo esta semana. Y eso me hizo pensar en cuán fácil es que la vida se escape, partir al dulce (para algunos amargo) sueño de la muerte, levar anclas sin previsión, sin retorno.
"Me paro entre el bramido
De una costa atormentada por las olas,
Y sostengo en mi mano
Granos de la dorada arena.
¡Qué pocos! Sin embargo cómo se arrastran
Entre mis dedos hacia lo profundo,
Mientras lloro, ¡Mientras lloro!
¡Oh, Dios! ¿No puedo aferrarlos
Con más fuerza?
¡Oh, Dios! ¿No puedo salvar
Uno de la implacable marea?"
(Un sueño dentro de un sueño, Edgar Allan Poe).
La vida pasa rápido, los años huyen. El cuerpo se deteriora o deja de funcionar un día. Puede ser hoy mismo o, tal vez, mañana, o dentro de 100 años. Pero es un destino irremediable.
Siempre les recuerdo a mis estudiantes que no tenemos la vida asegurada, porque ni aún siendo poseedores de todo el dinero del mundo podríamos comprar siquiera un minuto más de ella. Y no es que crea en el destino como una fuerza de la que nos es imposible escapar, ni en que nuestro caminar por este mundo sea como una obra de teatro planificada hasta en sus más ínfimos detalles por un guionista perverso que nos dirige al abismo como ovejas a un desfiladero. No. Más bien, al contrario, considero que somos verdaderamente libres, no a la manera nitzscheana del hombre libre que, cual guerrero, pisotea lo que considera poco viril como la felicidad y la moralidad a costa de luchar y vencer, sino en el sentido del ejercicio pleno y patente del libre albedrío en cuanto que este mismo hombre se autodetermina, ejerce dominio de sus acciones y responsabilidad por las consecuencias de éstas y, ante todo, como afirma Aristóteles en su Metafísica, "es causa de sí".
Tal libertad se ve atravesada por el designio sapiente de un Dios que en medio del caótico transitar humano y de los avatares que éste trae consigo, hace cumplir Su voluntad para el bien de quienes ama: tú, que lees estas líneas, y yo, errante escritor. Nuestra vida no es ajena a su presencia. La fugacidad y fragilidad de nuestra existencia no pasan desapercibidas a Sus amorosos ojos, porque hasta los cabellos de nuestras cabezas están contados (Cfr. Lc, 12, 7).


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