Daba inicio el filósofo colombiano Estanislao Zuleta a su ensayo Elogio de la Dificultad con estas palabras:
"La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por tanto también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes".
Los seres humanos nos enroscamos en nuestras propias seguridades, la mayoría de ellas fantasiosas y necias, y ponemos en ellas nuestra vida, esperanza y el afán de felicidad que nos carcome desde que venimos a este mundo. Somos como el bebé que sólo está totalmente tranquilo en los brazos de su madre y que lejos de ella sufre y grita porque siente que hay peligros que lo acechan. Nos creamos regazos maternos artificiales que nos mantengan en un estado de quietud tal que podamos creer falsamente que no hay peligro alguno, que nuestra vida es cómoda y feliz, que no tenemos que esforzarnos más de lo debido porque el saco de la plenitud ya lo llenamos o, si tenemos suerte, lo llenaremos pronto. A veces, lo llenamos con dinero, con posesiones; otras, con afectos, con relaciones amorosas y fraternas muchas de ellas tóxicas; otras tantas, con todo lo que nos pueda generar placer, saciar nuestra concupiscencia, obtener el mayor beneficio (falso beneficio) a costa de lo que sea, atropellando, si es preciso, la salud física y mental o la unión familiar.
Esas seguridades que no son más que ídolos de barro, nos hacen débiles porque en ellas pusimos nuestra fuerza, nos hacen insensatos, porque en ellas pusimos nuestra inteligencia, nos dejan como vasos vacíos porque en ellas dejamos abandonado el corazón.
Pero llega un momento en la vida de un hombre, en el que tiene que romper el cascarón de su comodidad, prender fuego a los ídolos, derrumbar el altar a esos falsos dioses, latigar a los vendedores y cambistas; arriba el tiempo en que el justo Abraham debe sacrificar a su hijo Isaac y, a su vez, Isaac tiene que decir: "Átame fuerte, Padre mío, que yo no me resista" (Cfr. Targum Codex Neofiti sobre el sacrificio de Isaac), porque este sufrimiento, este tener que morir y salir de mi comodidad y egoísmo son necesarios.
En la vida, se nos presentan ocasiones en las que es imperativo dar un salto a ciegas, confiados en que del otro lado del abismo encontraremos una plenitud verdadera, no aquella que nos mantiene estáticos por el temor a equivocarnos, sino la que nos invita: "Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, a la tierra que Yo te mostraré" (Cfr. Gn 12, 1-8).
Si comprendiésemos en toda su extensión lo que implica este salto de confianza, estoy seguro de que todas aquellas ansiedades y preocupaciones que nacen por estar alertas ante las amenazas circundantes, perderían su opresivo poder, se convertirían en pequeños enanos impotentes e incapaces de dañar nuestro corazón, imposibilitados de robar nuestra felicidad.
ויבאו אל־המקום אשׁר אמר־לו האלהים ויבן שׁם אברהם
את־המזבח ויערך את־העצים ויעקד את־יצחק בנו וישׂם
אתו על־המזבח ממעל לעצים׃


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