Para quienes tenemos entre nuestras particularidades individuales tener un poco de temperamento melancólico y otro tanto de flemático, en ocasiones resulta difícil disfrutar de los días buenos. Los sufrimientos que, incluso, pueden ser realmente poquísimos e irrelevantes afectan más profunda y negativamente a algunas personas y los sucesos plácidos y satisfactorios de sus vidas suelen ser tomados con poco peso o no se disfrutan a plenitud. Esto hace parte de los misterios que cada persona debe iluminar a lo largo de su existencia terrena. Sin embargo, hay días tan felices que hasta al hombre más melancólico se le hace difícil ignorar.

He introducido mi post de esta manera porque hoy es un día para estar feliz. Y el centro de esta felicidad radica en la reflexión de ayer sobre la maravilla inefable de la Redención, que ha venido a nuestra carne y se ha hecho vida en muchas personas que se han abandonado a la voluntad de Dios: los santos; personas como tú y como yo que en cada tiempo, de toda raza, lengua y lugar, han sabido gozar de las alegrías del cielo sin tener que esperar el momento de le muerte, desde el hoy, desde su vida aquí en este mundo pasajero. Entre ellos hubo unos más flemáticos, reflexivos y sobrios, otros más dicharacheros y expresivos, algunos con tendencias más emocionales, otros con espíritus más graves. La lista podría resultar eterna, porque santos ha habido con todo tipo de personalidad. Pero una cosa los caracterizaba a todos: eran felices; y su alegría venía de Cristo, de saberse salvados por Él. Si los miramos bajo el lente de la lupa humana, eran sólo hombres y mujeres pobres, limitados, como se dice coloquialmente, "hechos de la misma pasta de las que estamos hechos tú y yo", tenían también un corazón de carne, padecían también todas las necesidades de nuestra humanidad. La diferencia con los que aún nos embadurnamos con el fango del mundo y con lo que nos ofrece la carne y el demonio, es que ellos vivieron la alegría de la salvación hasta las últimas consecuencias, sin que les importaran las privaciones, los sufrimientos, incluso pagar las consecuencias de sus pecados, que también pecaban, pero su pecado era la oportunidad para correr de nuevo a los brazos de Dios que, como un Padre Bueno, los esperaba para hacerlos dormir en Su regazo.
Hoy estoy feliz y tengo ciertos motivos que explican esa alegría que me embarga. Algunos los he entreverado en las líneas de arriba, otros permanecerán in pectore. Termino mi post diario con este bello poema que se ha tomado como himno para las II Vísperas de la Solemnidad de Todos los Santos, autoría de Gustavo Adolfo Bécquer, mi escritor español favorito.
"Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte
rogadle por nosotros.
Profetas que rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas
rogadle por nosotros.
Almas cándidas, Santos Inocentes,
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños de su lado
rogadle por nosotros.
Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
rogadle por nosotros.
Mártires que ganasteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dio fortaleza en los combates
rogadle por nosotros.
Vírgenes semejantes a azucenas
que el verano vistió de nieve y oro
al que es fuente de vida y hermosura
rogadle por nosotros.
Monjes que de la vida en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas
rogadle por nosotros.
Doctores cuyas plumas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es raudal de ciencia inextinguible
rogadle por nosotros.
Soldados del Ejército de Cristo,
Santas y Santos todos,
rogadle que perdone nuestras culpas
a Aquél que vive y reina entre vosotros".
(G. A. Bécquer).