jueves, 20 de junio de 2019

Cristo, el pelícano bueno


Siempre me ha parecido curioso, al mismo tiempo que profundamente diciente, que la simbología cristiana haya relacionado a Cristo con el símbolo del pelícano.

Desde los primeros siglos del cristianismo se pensaba que el pelícano alimentaba a sus polluelos con su sangre y trozos de su propio cuerpo, así como el Señor Jesús en la Eucaristía.

Esta interpretación se dio porque esta ave debajo el pico tiene una bolsa en donde coloca el pez una vez que lo ha pescado. Cuando regresa a su nido apoya enérgicamente el pico contra el pecho para sacar las provisiones de comida para sus crías. Los antiguos, observando este procedimiento, imaginaron que el ave se lastimase a sí misma para alimentar los pequeños pelícanos hambrientos, transformándola en símbolo del sacrificio completo de sí mismo.

Eusebio, en el comentario al Salmo 101 (en el versículo 7), habla de un pájaro (que podría ser un pelícano), de esta manera: "mientras la serpiente, mata a las propias crías, el pelícano se levanta sobre el nido y se lastima el pecho hasta sangrar, haciendo caer el sangre sobre los pajaritos muertos que de esta manera vuelven a la vida".

A mediados del siglo XIII, Santo Tomás de Aquino compuso un himno llamado Adoro te devote (te adoro con devoción), por petición del Papa Urbano IV. Una parte del himno dice lo siguiente:

"Pie pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine.
Cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere".

Lo que traduce:

"Oh, Señor Jesús, buen pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu sangre.
Pues con una sola gota puedes liberar al mundo entero de sus crímenes".


De hecho, se afirma en algunos bestiarios medievales (Bestiario editado por Ignacio Malaxecheverría en Siruela p. 115 ss.) que el pelícano  es un ave caracterizada por barrenarse el pecho con su propio pico para alimentar (o revivir) a sus propias crías; análogo al modo en que Cristo derramó su sangre por la salvación de los pecadores.


Yendo más adelante en la historia, en el siglo VII escribió el poeta Angelus Silesius:


"Despiértate, cristiano muerto,  fíjate, nuestro pelícano te riega con su sangre y con el agua de su corazón. Si la recibes bien … al instante estarás vivo y con buena salud".


No es raro, tampoco, ver al pelícano en sustitución al ave fénix que renace, resucita como Lázaro ante el salvador. Sin duda alguna es una de las referencias clásicas del amor de Cristo el género humano.


Siguiendo la bella interpretación de este símbolo, podemos decir que así como los polluelos de los pelícanos no pueden vivir sin el alimento que les da el pelícano, de la misma forma los cristianos no pueden vivir sin el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús, quien se ofreció en la cruz para nuestra salvación.

Hoy hago una oración para no echar en saco roto la Gracia del Cordero Inmolado, de este Pelícano Bueno que me compró a precio de sangre para librarme del pecado y de la muerte.

"Él fue herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz y con sus llagas hemos sido curados" (Is 53, 5).

lunes, 22 de abril de 2019

¡CRISTO, NUESTRA PASCUA, HA RESUCITADO! ¡ALELUYA!




El Rey Victorioso, triunfante se levanta de la muerte y rompe las cadenas de miedo que maniataban al Hombre desde el fatídico día de la Caída en el Paraíso.

Como un huracán destruye todo a su paso, así derrumba Él las puertas del Hades y le abre a Adán y a su descendencia las puertas del Cielo, el Cielo eterno que desde esa Noche Santa comenzó a existir: la bienaventuranza perpetua, la inmortalidad humana, la Vida para siempre, sin luto, sin llanto, sin dolor ni necesidades, sin fatigas ni pesares.

En la cruz fue vencida la muerte y las huestes infernales tiemblan y braman ante el poder del Único y Verdadero Pantocrátor, El diablo se sabe perdido, creyó vencer a Cristo con la humillación, pero su propia arma se volvió contra él y ya no tiene dominio ni él ni la pérfida muerte sobre nosotros. Cristo ha roto de una vez y para siempre las cadenas del mal.

¡ALEGRÍA, ALEGRÍA! ¡ALELUYA, ALELUYA!


Dios nuestro, ¡qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

¡RESUCITÓ!

Dejó la tumba vacía, dejó a la muerte vencida. Y a los que creemos en Él, la tumba nunca nos detendrá, seremos levantados con poder.

¡NO TENEMOS YA MIEDO! Él es la vida que tanto anhelamos; en su Nombre Santo está el sentido de la existencia por el que tanto nos fatigamos buscando. No hay más respuesta que su nombre: Jesús.

Nos ha dado vida y vida en abundancia y nuestros cuerpos resucitarán también el el último día.




martes, 19 de marzo de 2019

Los placeres terrenos que el amor de Dios nos regala


Desde niño, vi en mi enciclopedia favorita la foto de la escultura de la loba que amamantó a Rómulo y remo, fundadores de Roma, y el busto de Medusa. Mi imaginación se recreaba con tales imágenes. Jamás creí poder verlas frente a mí un día y Dios me dio ese regalo, ese muy lícito y deseable placer terrenal.


Son esos pequeños placeres que Dios nos da, los que hacen la existencia más llevadera en un mundo en que la vida a veces se torna angustiosa y abrumadora: la charla con un amigo al que hace mucho tiempo no saludaba, la compañía de una esposa y verla despertar a mi lado, una muestra de afecto de un compañero de trabajo, sentir en mi cara la brisa del mar inmenso cuyo tamaño no alcanzan a abarcar mis ojos.


Gracias, Omnipotente Altísimo, por tus creaturas y por la belleza, inteligencia, bien y verdad que has puesto en ellas. Que su contemplación nos lleve hasta ti, que eres el Sumo Bien, la Belleza Infinita, la Fuente de la Sabiduría, la Verdad Inconmensurable.

martes, 22 de enero de 2019

Meditaciones sobre la muerte (Parte I)


He estado reflexionando acerca de la muerte, la realidad más patente y segura que tenemos como seres humanos pero, contrariamente, aquella de la cual más rehuimos y en la que menos solemos pensar.

Los tópicos que tocan transversalmente al problema de la muerte son innumerables, por lo que analizarlos todos constituiría una obra titánica. Mi interés en estas líneas es lograr un acercamiento a los que, a mi parecer, tienen que ver con la cuestión más existencial de ésta, haciendo énfasis en la perspectiva que ha iluminado mi entendimiento como creyente, pero sin desconocer aquellas más universales que atañen al ser humano de todo tiempo, lugar y/o creencia.

Todo hombre en cada cultura ha tenido que encargarse en carne propia del problema de la muerte tarde o temprano: un familiar que fallece, tal vez un amigo y, por supuesto, la propia muerte. Este afrontamiento está atravesado por ritos religiosos, procesos de duelo, explicaciones cósmicas, justificaciones míticas, diversas confrontaciones con la vida presente, consecuencias legales, políticas, económicas y familiares, etcétera.


Desde la perspectiva cristiana, la muerte no es más que un paso, o mejor, el paso más importante para acceder a una vida nueva, a una vida eterna. Y es que Dios nos ha creado para la inmortalidad, por tanto, la muerte, que es sólo una muerte a la vida terrena y transitoria, constituye en realidad una liberación. 

Para entender lo anterior, no se puede entrar en la posición dualista en la que el cuerpo muere y el alma permanece, como si el hombre estuviese dividido en "porciones", llegando a veces a entenderse de manera simplista y errada que algunas de esas porciones o partes son "malas" (las pertenecen al cuerpo) y otras son "buenas" (las pertenecientes al alma). De hecho, hoy ya nadie niega que el hombre en cuanto tal es una unidad psicosomática, es persona, con múltiples dimensiones, sí, pero al fin persona; sin embargo, no se puede tampoco perder de vista que el cuerpo se origina en un acto de procreación propio del engendramiento y relativo a la genética de nuestra naturaleza animal y, por otra parte, el alma (psiqué, espíritu, mente, facultades internas, volición, inspiración, conciencia...) constituyen la más pura e inherente condición por la que somos verdaderamente humanos y que nos hace diferentes al resto de los animales, pero que ésta viene creada directamente por Dios en el momento de la concepción. Todos estos elementos se compenetran, se influencian unos a otros, incluso dependen unos de otros para la subsistencia de la única entidad llamada hombre. La muerte llega a irrumpir temporalmente esa unidad pero la persona no es destruida en su esencia y, de hecho, volverá a constituirse con sus dimensiones corporales completas el día del Juicio Final cuando los muertos resucitarán. Según el Catecismo de la Iglesia Católica el concepto de "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" volverán a tener vida.

Pero, ¿de dónde viene ese poder, esa capacidad de resurgir de la muerte, después de que nuestros cuerpos se hayan hecho polvo volviéndose indistinguibles de la misma tierra en la que fueron sepultados? Tal facultad existe porque la muerte ha perdido el poder que ostentaba sobre la humanidad el día en que Cristo de una vez y para siempre se lo arrebató con su Resurrección, es decir, resucitaremos porque Cristo resucitó, tenemos vida eterna porque Cristo ha abierto el portal de la vida infinita para todos los que a ella quieran acceder. Y es que la resurrección de Cristo es tan importante que constituye el evento fundante de la fe cristiana; es, en pocas palabras, la buena noticia de la salvación humana.


Tiene tal poder este acceso a la vida eterna que abarca también los aspectos de la vida humana terrenal: no sólo la vida eterna la podremos disfrutar después de nuestra muerte, sino que la podemos experimentar desde hoy y aquí, en nuestra historia personal, en nuestra cotidianidad. Dios nos creó para la felicidad, pero no solamente la del cielo sino también la de la tierra. Por eso, ya no se ve el cuerpo como "lo malo" del hombre, sino que éste se convierte en uno de los instrumentos que nos permiten acceder al don gratuito de la eternidad, aún en la vida terrena, pues el Reino de los Cielos está ya en medio de nosotros.

El hombre ansía perdurar y este deseo se revela de diversas maneras: el instinto de supervivencia, la voluntad de superar las enfermedades, el deseo de una descendencia, la elaboración de proyectos futuros, el empeño en ser reconocido y de no ser olvidado, pero los bienes que se obtienen a partir de ese deseo de perpetuidad no perduran, son como las olas del mar, van y vienen y no se puede evitar su final desaparición. La buena noticia de Cristo nos trae otros bienes, unos eternos, que no desaparecen, que ni las arenas del tiempo los pueden extinguir, esos tales son la glorificación de nuestro ser, la felicidad infinita, la presencia de Dios en todo y en todos, la plenitud final.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Mis regalos de Navidad


En un mundo en el que cada vez se separa más la celebración de la Navidad del Misterio de la Encarnación y el Nacimiento de Cristo, como creyentes debemos recordar y anunciar a todos los que podamos, que no hay Navidad sin Jesús. A algunos, entre los que yo me cuento, se nos hace casi ridículo tener que recordar algo tan obvio como eso, pero si uno se para a mirar la realidad del mundo, se hace evidente que esta época del año se ha convertido en una excusa más para festejar cualquier cosa, menos la Natividad de Jesucristo.

La simbología cristiana ha sido tergiversada con elementos genéricos que no dicen nada sobre la fe: Santa Claus como una parodia de la figura del obispo San Nicolás; el Polo Norte como el sitio en donde el susodicho fabrica los regalos, cuyo elemento de nieve asocia a la navidad con el invierno, siendo que en la mitad del planeta este tiempo coincide con el verano; los renos como medio de transporte de los regalos, los duendes como obreros de la fábrica y así podría seguir enumerando más elementos. Si bien, no pretendo iniciar una cruzada contra esta simbología, es necesario dejar claro el hecho de que ésta no es cristiana, que ha nacido a causa de intereses comerciales y que, aunque esto no sea intrínsecamente malo, poco a poco va corroyendo (y ya lo ha hecho) la motivación pura y originalmente cristiana de las celebraciones navideñas. Con estupor, he leído que en Argentina han tildado de "propaganda religiosa" con evidentes muestras de escándalo (como si hacer proselitismo religioso fuese un crimen) a un letrero que rezaba "Navidad es Jesús". La figura del Niño Jesús no aparece por ningún lado en las publicidades repletas de color rojo y dorado junto a un Santa Claus rollizo con las mejillas sonrosadas. El relato bello de la Anunciación, la Concepción en el seno de María y las penurias que pasó la Sagrada Familia hasta conseguir sólo un pobre establo donde poder dar a luz y guarecerse durante la noche, ha sido eliminado de la "cultura navideña", cual historia extraña.


Nos llegó la hora de gritar al mundo que no hay Navidad sin Jesús, que es su nacimiento el que celebramos, que no valen las luces ni las guirnaldas si no se tiene en el alma y en la mente que la alegría que nos embriaga viene de un Dios que quiso hacerse como nosotros, tomando nuestra carne, participando de nuestra humanidad sufriente, casi como lanzado a nuestro fango, aunque sin ensuciarse con él, por ser la Pureza misma, como arrojado a nuestra paupérrima condición, pero no en el absurdo camusiano ni en la ausencia de sentido pregonada por Feuerbach y los existencialistas ateos del siglo XX, sino en un acto de anonadamiento amoroso; para entendernos, para salvarnos. Y este acto de amor tuvo un objetivo claro desde el inicio: la Redención humana, el levantamiento del Hombre de la muerte a la Vida Eterna, de las tinieblas del Hades al gozo y la luz perpetuos del Cielo, que se abre para todos los que Él ha comprado con Su sangre preciosa derramada en la Cruz.


No hay regalo más grande y valioso que ese. Pero hay más. El pasado 8 de diciembre, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, he recibido otro regalo maravilloso por Gracia de Dios: he recibido el Sacramento del Matrimonio; hoy tengo por esposa a una mujer virtuosa que edifica nuestro hogar y a quien, con la presencia y asistencia de Cristo en nuestra familia, he prometido respetar y amar todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe. En consecuencia, a los seguidores de este blog les pido otro regalo: una pequeña oración por nuestro matrimonio.

Gracias sean dadas a Dios Padre que, con el poder de su Espíritu Santo, nos ha abierto gratuitamente las puertas del cielo por medio de su Hijo Jesucristo.


viernes, 30 de noviembre de 2018

Las tres venidas de Cristo


San Bernardo, abad, en uno de sus sermones habla acerca de las tres venidas de Cristo, la primera: en el portal de Belén, la tercera: al final de los tiempos; y la segunda: la actual, aquella que se hace presente a cada instante en su Iglesia peregrina en este mundo.

Cristo ya viene y lo inminente de su venida tiene que ver con la muerte del cristiano. Cuando ésta nos visite, contemplaremos el rostro de Dios y Él le pagará a cada uno según sus obras y conforme a Su infinita misericordia. Por eso, la muerte para el cristiano no es sinónimo de dolor, ni frustración; es más bien gozo porque se manifiesta como el paso que nos permite el encuentro total con Cristo, quien nos ha liberado del pecado y de la muerte eterna y nos ha dado una dignidad, haciéndonos hijos de Dios Padre.


En el tiempo de Adviento que se avecina es eso lo que conmemoraremos, que el Señor viene a cada uno, en el Pan de la Eucaristía y en todos los acontecimientos de nuestra historia, y un día nos llamará a su encuentro definitivo. Puede ser hoy, puede ser dentro unas semanas, unos meses, años o muchas décadas. Pero su venida es segura, pues Él es el dueño de nuestra vida y somos sólo pasajeros en este mundo fugaz.

Por tal motivo, nuestra actitud frente a la muerte debe ser la de San Francisco, quien la bendecía llamándola "hermana Muerte":
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.
Pidamos a Dios por una santa muerte, para ir al cielo, en donde habrá no habrá llanto ni fatigas ni dolor, porque el Señor enjugará toda lágrima de nuestros ojos.



lunes, 26 de noviembre de 2018

Se avecina el tiempo de Adviento


El próximo domingo 2 de diciembre inicia un tiempo que da inicio al año litúrgico en la Iglesia, el tiempo de Adviento.

Es un período de 4 semanas en las que los cristianos esperamos la venida del Señor. El término "Adviento" viene del latín adventus, que significa venida, llegada. El color usado en la liturgia de la Iglesia durante este tiempo es el morado.

Hay cantos muy apropiados para el Adviento y es mi deseo, ya que también soy cantor, compartir aquí una colección muy bonita e interesante de música que inspira a la espera del Señor.




martes, 13 de noviembre de 2018

La felicidad no depende de nadie ni nada fuera de ti (II parte)


Comparto, para continuar con la reflexión del post anterior, otro extracto del libro La felicidad es una tarea interior del jesuita John Powell:
Una de las razones por la que muchos de nosotros confundimos las fuentes de la felicidad son los denominados mensajes parentales, que son los mensajes de quienes han influido en nuestra infancia. Llegamos a este mundo buscando respuestas, y las respuestas que obtuvimos durante los primeros años de nuestra vida se grabaron de manera indeleble en nuestras memorias. Y ahora, durante todo el día e incluso mientras dormimos, esos «mensajes parentales» resuenan en nuestro interior.
Una de las preguntas que el corazón humano está haciéndose constantemente es la siguiente: «¿Qué me hará feliz?» La mayoría de las respuestas que recibimos cuando éramos niños no eran verbales, sino que nos las transmitían mediante actos, porque aprendemos viendo, no a través de las palabras. Es probable que hayamos observado a nuestros padres preocupados, y así aprendimos a preocupamos; puede que les hayamos oído discutir acerca del dinero, y de ese modo llegáramos a la conclusión de que el dinero es esencial para la felicidad; pudimos haber notado en sus palabras, en su lenguaje corporal y en sus expresiones faciales una dependencia excesiva de los demás, de modo que extrajimos la conclusión de que los otros pueden hacemos felices; cabe la posibilidad de que escucháramos acusaciones como «Me estás volviendo loco», y, por lo tanto, concluyéramos que los demás pueden también volvemos locos a nosotros; que, en apariencia, pueden hacemos felices o infelices, enloquecemos o alegramos, hacer nos sentir seguros o asustados. También es posible que hayamos interiorizado el viejo tópico: «Si tienes salud, lo tienes todo». En otro tiempo, me consideraba un pensador independiente; pero, a medida que voy envejeciendo, voy siendo más consciente de la importancia que tienen en mí y en mi vida esos «mensajes parentales», y tengo que analizarla y revisarla constantemente.

Uno de los mensajes que resuenan de modo continuo en la mayoría de nosotros es el de la «comparación». Desde el momento en que nos presentaron en público, nos han comparado con otros. «Se parece a su padre»; «Se parece a su madre»... Los aspectos que se comparan habitualmente son: 
- la apariencia física;
- la inteligencia;
- el comportamiento;
- y los éxitos. 
Por supuesto, siempre había otros más guapos, más inteligentes, mejor educados y que tenían más éxito; y puede que nuestros padres y profesores nos los hayan puesto como ejemplo: «¿Por qué no puedes ser así?»; «¿Por qué no lo haces tan bien como tu hermano?»; «Si te peinas el flequillo hacia abajo, la gente no se dará cuenta de lo ancha que es tu frente. Estarás más presentable».... De este modo, a la mayoría se nos ha enseñado a compararnos con los demás. Y todos los especialistas coinciden en que la comparación significa la muerte de la verdadera autosatisfacción. 
La trampa de la «competitividad» es ligeramente distinta. Dentro y fuera del colegio nos han enfrentado a los demás y, por supuesto, a ellos contra nosotros. Competíamos por calificaciones académicas, por premios deportivos, por popularidad, por pertenecer a «grupos»... Pero, por desgracia, el resultado de esas tempranas luchas y competiciones ha dejado en la mayoría cicatrices para toda la vida. Y, pese a ello, muchos seguimos compitiendo; lo único que cambia posteriormente en la vida son los símbolos del status. Todavía se nos hace la boca agua ante los signos y sonidos de la gloria. En nuestro interior, la verde cabeza de la envidia gime: «Si yo tuviera ese aspecto...»; «Si a mí se me ocurrieran todas esas cosas tan inteligentes.. .»; «Si tuviera una finca como esa. ..»; «Si ganara todo ese dinero...» Pero ni siquiera nos aproximamos; y, en todo caso, la cercanía sólo cuenta en algunos juegos. En la competición, todo el mundo pierde.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

La felicidad no depende de nadie ni nada fuera de ti




Quisiera compartir en la entrada de hoy un extracto del libro La Felicidad es una Tarea Interior, autoría del sacerdote jesuita John Powell, que nos habla de nuestro afán de felicidad y de cómo lo satisfacemos de manera errada. Lo dejo a continuación:

A pesar de la desilusión que hemos experimentado con lo exterior, nunca miramos en nuestro interior para encontrar lo que buscamos. Tal vez tenía razón Dag Hammarskjöld cuando dijo que somos grandes exploradores del espacio exterior, pero muy poco hábiles explorando el espacio interior. Quizá nos haya ofuscado el maremoto de publicidad que nos inunda y nos asegura que seremos felices si compramos y usamos determinados productos: tendremos buen aspecto, daremos buena impresión, oleremos bien...; en suma, conduciremos por las autopistas de la vida con una feliz e imprudente despreocupación. Estos reclamos publicitarios quieren hacemos creer que la felicidad no es más que una multiplicación de placeres.
De modo que nos hemos endeudado consumiendo todos los productos portadores de felicidad. Y, sin embargo, continuamos «llevando vidas de silenciosa desesperación». No hemos sido capaces de sacar partido a las estimulantes promesas de felicidad. Hay un chiste sobre una joven vendedora de perfumes a cuya espalda había un gran anuncio que decía: «¡ESTE PERFUME LE GARANTIZA QUE USTED CONSEGUIRÁ UN HOMBRE!» Una solterona se acercó al mostrador y preguntó con cautela a la dependienta: «¿Está realmente garantizado que se consigue un hombre?» y la joven respondió: «Si estuviera realmente garantizado, ¿cree usted que yo pasaría aquí ocho horas al día vendiendo este perfume?» 
¿No será, sencillamente, que en materia de felicidad «antes se llena el papo que el ojo»?; ¿se trata de un simple caso de expectativas no realistas? No creo que sea tan sencillo. Lo que ocurre, en mi opinión, es que buscamos la felicidad en lugares equivocados. Ciframos nuestras esperanzas en otras personas y en objetos que, sencillamente, no pueden satisfacerlas. Yo tengo en el espejo, encima del lavabo, un mensaje para recordarme a mí mismo lo siguiente: «Estás viendo el rostro de la persona responsable de tu felicidad». Y cada día estoy más convencido de que así es.

martes, 6 de noviembre de 2018

Creaturas todas del Señor, ¡bendecid al Señor!

Hoy el post es visual, agradeciendo a Dios por las maravillas de su creación. La belleza y la sublimidad de lo creado es un milagro patente cada día ante nuestros ojos. Nosotros mismos somos parte de esa creación y somos la obra perfecta de las manos de nuestro Padre Dios.

Disfrutemos de estas preciosas fotografías.