miércoles, 31 de octubre de 2018

El autor de la vida estaba muerto, pero ahora está vivo y triunfa




A veces, el miedo nos atenaza, nos paraliza. Cuando las circunstancias extremas de una vida cansada no hayan asidero en nada ni en nadie, hay quienes quisieran simplemente huir de la existencia, volar fuera de su realidad, morir. La muerte per se no es apatecible ni deseable, pero hay una muerte que cada tanto dejamos entrar, la del espíritu-ser, del alma, la muerte óntica. 

La buena noticia es que existe un amor que no nos abandona ni en esa muerte más profunda. Hay un Hombre-Dios que murió y volvió de la muerte para darnos vida eterna, plena, feliz, abundante, ilimitada, más fuerte que la muerte.

La esperanza del que vive en Cristo no se acaba con la muerte física ni con  la muerte del Ser, salario del pecado. Hacernos consciente de nuestro pecado es una razón más para glorificar a Aquél que nos puede librar de las garras del sinsentido existencial, porque implica confiarnos en Sus brazos y Su voluntad. Es así que no se equivoca San Ambrosio cuando afirma que la ruina de Adán fue afortunada, pues nos trajo un bien mayor, el de la Redención. "O felix culpa quae talem et tantum meruit habere redemptorem," "¡Oh feliz la culpa que mereció tal Redentor!".

Fuimos llamados a una vida feliz, pero el sufrimiento siempre nos acompañará, las privaciones son inherentes a nuestra humanidad, siempre hay taras en nuestro ser, un aguijón en la carne. Frente a tal sufrimiento, me permito citar a San Josemaría Escrivá: "¿Qué importa padecer diez años, veinte, cincuenta..., si luego es cielo para siempre, para siempre..., para siempre?"

La muerte no tiene ya poder sobre nosotros, Cristo la ha vencido en la cruz. Vencer el miedo a la muerte, es decir, vencer el miedo a sufrir es indispensable para que amemos de verdad y se cumpla en nosotros la promesa de la felicidad.



martes, 30 de octubre de 2018

Mejor disfraz de Halloween 2018: la generación del "todo me ofende"




La imagen de hoy lo dice todo: las nuevas generaciones se ofenden por cualquier cosa, son frágiles y gemebundas, y salir de la burbuja de sus "espacios seguros" implica trauma y dolor insoportables.

Nunca he sido catastrofista, ni milenarista, o cosa parecida. De hecho, me da cierto repelús la postura de los que se la pasan pensando (con miedo, casi siempre) en el tan temido y mal entendido "fin del mundo", pero sinceramente creo que se avecina un largo y horrible período de decadencia del género humano a nivel global. Y en nuestros tiempos, por estar este planeta tan interconectado, la estupidez se dispersa más y a mayor velocidad.

La dictadura de las minorías augura el imperio de la irracionalidad, por encima de la ley natural, la recta razón, el sentido común y la ciencia; todo ello, fruto, ¿por qué no? de lo que algunos han denominado Progresismo Cultural o Neocomunismo.

Sócrates y Aristóteles, ¡rueguen por nosotros!


lunes, 29 de octubre de 2018

La fe es gratuita pero hay que pedirla



Hoy el post es orante: un himno tomado de la Liturgia de las Horas que nos invita a pedir la fe, esa que no depende de nuestra fuerza de voluntad o de decisión, sino de la Gracia proveniente de Dios.
"Porque, Señor, yo te he visto
y  quiero volverte a ver,
quiero creer. 
Te vi, sí, cuando era niño
y  en agua me bauticé,
y, limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver. 
Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire fiel,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer. 
Están mis ojos cansados
de tanto ver luz sin ver;
por la oscuridad del mundo,
voy como un ciego que ve. 
Tú que diste vista al ciego
y a Nicodemo también,
filtra en mis secas pupilas
dos gotas frescas de fe".

sábado, 27 de octubre de 2018

Ayer discutí con alguien que se hace llamar "ateo"


Surgió de manera inesperada y espontánea un debate, debido al artículo que publiqué en una revista de mi localidad. Añado aquí el link que redirige al artículo para quien desee leerlo:

https://1drv.ms/b/s!AmESso6kweyPh3zj-Y2qkKJpYiTo

Fui cuestionado por dos colegas sobre los desaciertos, pecados y errores de la Iglesia, en el pasado y el presente. Uno de ellos, acérrimo ateo, según mi opinión más bien antirreligioso (que no es lo mismo), tomó las riendas del debate y atacó mi fe por todos los flancos. Incluso con expresiones lingüísticas que, a mi parecer, no estaban a la altura de un debate filosófico serio, me expresó cuánto resentimiento siente por la Iglesia, las expresiones religiosas o todo lo que se salga del plano materialista. Salieron a flote los típicos ataques sobre la Inquisición, las riquezas del Vaticano, la supuesta poca importancia que se le da a la mujer en la vida eclesial, incluso habló de un ocultamiento del rol fundamental de María Magdalena que los más avezados en estos temas identificarán como una sutil pero eficaz referencia a un presunto romance de Jesús con ella... en fin, un sinnúmero de acusaciones a las que puse todo mi empeño en refutar dentro del mismo ejercicio filosófico del debate. Fueron tantos tópicos entremezclados, tantas falacias de Hombre de Paja de las que fui víctima (ridiculizó y jugó con la semántica de mis palabras) que podría decirse que mis esfuerzos fueron vanos.

Hubo un momento en la discusión en el que simplemente no pude evitar sufrir emocionalmente sus palabras: "La Iglesia Católica es lo peor que le ha sucedido a este mundo". Esgrimí mil argumentos, pero muy conmocionado le expresé: "Si alguien llega a lanzar improperios a su madre, estoy seguro de que Usted la defenderá, fuesen o no corroborables los motivos de tales insultos. Pues bien, la Iglesia es mi madre, de una manera que tal vez Usted no puede comprender ni espero que lo haga, pero por el amor que Usted sabe que se tiene a una madre yo le exijo que la respete. Quien ofende a mi madre, a mí me ofende". Lo que siguió fue una nueva caricaturización de mis palabras y una burla directa.

Horas después de los eventos que describo, no dejaba de cuestionarme a mí mismo la apología que hice de mi fe: si tal vez fui poco arriesgado, si callé cuando no debía, si hablé cuando era preciso callar, si me fui maniatado por mi propia dialéctica, si me dejé llevar por la emoción que me provocó sentirme herido al ver que en mi propia cara, mi amada iglesia estaba siendo vituperada impunemente.


Aún ahora, escribiendo estas líneas, clamo al Señor pensando en que quizá debí haber sido más audaz, o tal vez no puse "toda la carne en el asador" y no lo defendí como un buen soldado defiende su patria y honor. Me pregunto si este desconsuelo se debe realmente a mi celo por defender la Verdad o si, sencillamente, la aflicción que me atenaza nace de un orgullo herido por no poder probar que tengo la razón.

En medio de este desasosiego del intelecto y del alma, llegan a mí unas palabras consoladoras: "Bienaventurados cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de mí... alégrense, porque su recompensa será grande en los cielos" (Cfr. Mt 5, 11 - 12).

Después de todo, ¿qué importa que no me den la razón, que me rechacen por ser seguidor de Cristo? La Vida Eterna me ha sido prometida y la confianza en esa promesa nadie me la puede robar. Por otro lado, si Cristo fue apresado, insultado, torturado, asesinado, ¿pretendo yo, réprobo y pecador, recibir palmaditas en la espalda por lanzar al aire mil argumentos filosóficos frutos de una sabiduría pasajera y limitada? Si sufrimos por hacer el bien y lo soportamos, esto es cosa agradable delante de Dios (Cfr. 1 Pe 2, 20).

VINCE IN BONO MALUM

viernes, 26 de octubre de 2018

La fragilidad y fugacidad de la vida humana



He estado enfermo esta semana. Y eso me hizo pensar en cuán fácil es que la vida se escape, partir al dulce (para algunos amargo) sueño de la muerte, levar anclas sin previsión, sin retorno.

"Me paro entre el bramido
De una costa atormentada por las olas,
Y sostengo en mi mano
Granos de la dorada arena.
¡Qué pocos! Sin embargo cómo se arrastran
Entre mis dedos hacia lo profundo,
Mientras lloro, ¡Mientras lloro!
¡Oh, Dios! ¿No puedo aferrarlos
Con más fuerza?
¡Oh, Dios! ¿No puedo salvar
Uno de la implacable marea?" 
(Un sueño dentro de un sueño, Edgar Allan Poe). 

La vida pasa rápido, los años huyen. El cuerpo se deteriora o deja de funcionar un día. Puede ser hoy mismo o, tal vez, mañana, o dentro de 100 años. Pero es un destino irremediable.

Siempre les recuerdo a mis estudiantes que no tenemos la vida asegurada, porque ni aún siendo poseedores de todo el dinero del mundo podríamos comprar siquiera un minuto más de ella. Y no es que crea en el destino como una fuerza de la que nos es imposible escapar, ni en que nuestro caminar por este mundo sea como una obra de teatro planificada hasta en sus más ínfimos detalles por un guionista perverso que nos dirige al abismo como ovejas a un desfiladero. No. Más bien, al contrario, considero que somos verdaderamente libres, no a la manera nitzscheana del hombre libre que, cual guerrero, pisotea lo que considera poco viril como la felicidad y la moralidad a costa de luchar y vencer, sino en el sentido del ejercicio pleno y patente del libre albedrío en cuanto que este mismo hombre se autodetermina, ejerce dominio de sus acciones y responsabilidad por las consecuencias de éstas y, ante todo, como afirma Aristóteles en su Metafísica, "es causa de sí".



Tal libertad se ve atravesada por el designio sapiente de un Dios que en medio del caótico transitar humano y de los avatares que éste trae consigo, hace cumplir Su voluntad para el bien de quienes ama: tú, que lees estas líneas, y yo, errante escritor. Nuestra vida no es ajena a su presencia. La fugacidad y fragilidad de nuestra existencia no pasan desapercibidas a Sus amorosos ojos, porque hasta los cabellos de nuestras cabezas están contados (Cfr. Lc, 12, 7).

jueves, 25 de octubre de 2018

Cuando buscamos la felicidad en el sitio equivocado



Daba inicio el filósofo colombiano Estanislao Zuleta a su ensayo Elogio de la Dificultad con estas palabras:

"La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por tanto también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes".
Los seres humanos nos enroscamos en nuestras propias seguridades, la mayoría de ellas fantasiosas y necias, y ponemos en ellas nuestra vida, esperanza y el afán de felicidad que nos carcome desde que venimos a este mundo. Somos como el bebé que sólo está totalmente tranquilo en los brazos de su madre y que lejos de ella sufre y grita porque siente que hay peligros que lo acechan. Nos creamos regazos maternos artificiales que nos mantengan en un estado de quietud tal que podamos creer falsamente que no hay peligro alguno, que nuestra vida es cómoda y feliz, que no tenemos que esforzarnos más de lo debido porque el saco de la plenitud ya lo llenamos o, si tenemos suerte, lo llenaremos pronto. A veces, lo llenamos con dinero, con posesiones; otras, con afectos, con relaciones amorosas y fraternas muchas de ellas tóxicas; otras tantas, con todo lo que nos pueda generar placer, saciar nuestra concupiscencia, obtener el mayor beneficio (falso beneficio) a costa de lo que sea, atropellando, si es preciso, la salud física y mental o la unión familiar.

Esas seguridades que no son más que ídolos de barro, nos hacen débiles porque en ellas pusimos nuestra fuerza, nos hacen insensatos, porque en ellas pusimos nuestra inteligencia, nos dejan como vasos vacíos porque en ellas dejamos abandonado el corazón.

Pero llega un momento en la vida de un hombre, en el que tiene que romper el cascarón de su comodidad, prender fuego a los ídolos, derrumbar el altar a esos falsos dioses, latigar a los vendedores y cambistas; arriba el tiempo en que el justo Abraham debe sacrificar a su hijo Isaac y, a su vez, Isaac tiene que decir: "Átame fuerte, Padre mío, que yo no me resista" (Cfr. Targum Codex Neofiti sobre el sacrificio de Isaac), porque este sufrimiento, este tener que morir y salir de mi comodidad y egoísmo son necesarios.



En la vida, se nos presentan ocasiones en las que es imperativo dar un salto a ciegas, confiados en que del otro lado del abismo encontraremos una plenitud verdadera, no aquella que nos mantiene estáticos por el temor a equivocarnos, sino la que nos invita: "Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, a la tierra que Yo te mostraré" (Cfr. Gn 12, 1-8).

Si comprendiésemos en toda su extensión lo que implica este salto de confianza, estoy seguro de que todas aquellas ansiedades y preocupaciones que nacen por estar alertas ante las amenazas circundantes, perderían su opresivo poder, se convertirían en pequeños enanos impotentes e incapaces de dañar nuestro corazón, imposibilitados de robar nuestra felicidad.

ויבאו אל־המקום אשׁר אמר־לו האלהים ויבן שׁם אברהם את־המזבח ויערך את־העצים ויעקד את־יצחק בנו וישׂם אתו על־המזבח ממעל לעצים׃

miércoles, 24 de octubre de 2018

¿Por qué "católico errante"?



Para muchos, es bien conocida la leyenda del Judío Errante, cuya inspiración nace a partir del Evangelio de Juan en el que se menciona a ciertos personajes que al presenciar el suplicio de Jesús le negaron la ayuda o le mostraron desprecio, pero hay uno específicamente que, aunque no se menciona en el texto bíblico, ha tomado relevancia para el nacimiento de esta leyenda.

El personaje del que hablo, se negó a darle un poco de agua al sediento Jesús que se dirigía al lugar de la Crucifixión. Por tan vil comportamiento, Dios lo condenó a errar por el mundo hasta la Segunda Venida de Cristo.

Más allá de que hay quienes han visto en esta historia un intento de narrativa antisemita, pues el judío errante vendría a representar la diáspora de los judíos como consecuencia de haber sido ellos los culpables de la muerte del Redentor (visión que no comparto), veo en esta leyenda mi propia persona. Y, en seguida explico por qué.



Profeso la fe católica por convicción de la razón y del corazón. Y la Iglesia me ha dado el tesoro más grande y eterno que es posible recibir: la Buena Noticia de la Salvación, que Cristo ha muerto por mis pecados ¡LOS MÍOS!, pero no se ha quedado en la Muerte, ha resucitado, y por sus heridas he sido curado de la Muerte que también me gobierna cada vez que peco, que Él, al dejar la morada de los muertos me ha liberado de la prisión en la que me encontraba, que cuando yo era reo de muerte recibí sin merecer Su misericordia y se da a mí todos los días, todo el día, porque me ama y me ama incluso cuando yo más lo desprecio. Y es que eso soy, un errante, digno de desprecios y burlas, uno que anda sin rumbo por el mundo, pero que se encuentra con Aquél que lo libera. A diferencia del Judío Errante, este Católico Errante, Rodrigo, no necesita esperar la Parusía, porque la Salvación es hoy, es ahora. Y mientras voy errabundo en este mundo fugaz, Cristo me libera, Cristo me ama, Cristo ilumina cada dimensión de mi vida y me da el Espíritu Santo como prenda de esperanza y vida eterna.

Y así como Dios me ha mostrado su amor a través de Su Hijo Jesucristo, hoy, ahora, Él te ama a ti, querido lector, aunque andes por la vida igual que yo, errabundo y en el infierno de la soledad. 

¡CRISTO VENCIÓ, CRISTO RESUCITÓ, CRISTO VIVE, CRISTO REINA!